“El Imperialismo Cultural estadounidense reflejado en las industrias culturales cinematográficas: una aproximación desde la economía política”.
Lorena Garcés.-
Resumen

En el presente trabajo, se analizará bajo la perspectiva de la economía política, el imperialismo cultural estadounidense, y también, a partir del análisis del flujo de producciones cinematográficas y capitales financieros provenientes de esta industria cultural, consideraremos a las industrias culturales como armas de control social, apoyándonos en la teoría de Noam Chomsky e Ignacio Ramonet, esbozada en el libro: “Cómo nos venden la Moto”. Pensaremos el cómo, llega la concentración del poder económico a las manos de las industrias de un sólo país, y el cómo llega a reproducir mediante éstas (Hollywood principalmente) los códigos culturales que hacen desaparecer las identidades culturales de los pueblos a los que llegan sus fastuosas producciones.


Palabras clave: Imperialismo cultural, industrias culturales, economía política, cine hollywoodense.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN
El Imperialismo Cultural como parte de un proceso de colonización ideológica
DESARROLLO
1. El imperialismo como práctica cultural.
1.1 Globalización: ¿Americanización? Disneyzación de la cultura.
1.2 La importancia de la industria cinematográfica como representante de la realidad de
los pueblos.

2. Importancia del cine como medio de difusión cultural e histórica.

3. El proyecto político imperial estadounidense tras la invasión.
CONCLUSIÓNES

BIBLIOGRAFÍA

Introducción

El Imperialismo Cultural como parte de un proceso de colonización ideológica.

El imperialismo en Latinoamérica, nos tocó vivirlo dentro del proceso de colonización que surgió con el “descubrimiento” de nuestro continente, se suprimieron nuestras lenguas nativas e introdujeron formas de representación religiosas cristianas, a la luz de lo que los colonizadores llamaron “evangelización cristiana”. Se nos declaró súbditos de un rey, entonces debíamos aceptar la religión del imperio y su idioma, el español. Así fue como nuestra historia se tiñó de sangre y guerras que crearon nuestra identidad cultural como las de pueblos “tercermundistas”, y desde ese momento, hasta entonces, hemos sido considerados como razas y civilizaciones inferiores, que necesitamos guías económicas, culturales y militares. El intervencionismo estadounidense se fundó cuando este país adquirió en 1898 como dominios a Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Guam, bajo la engañosa denominación de “protectorados” y con la promesa de “liberar” a los pueblos de dichas naciones del yugo imperial español. Así es como esto, sumado a la consideración de que la nación estadounidense salió de la Segunda Guerra Mundial como “la gran potencia victoriosa”, llevó a los sistemas políticos norteamericanos a constituirse firmemente como los de una superpotencia imperial, que cuenta entre sus más acérrimos principios el establecer por cualquier tipo de medios la “democracia capitalista” en todos aquellos lugares donde esta no se conciba y reforzarla en donde ya se encuentre cimentada. Cuba se reveló ante EE. UU. y pasó a ser la gran víctima de la guerra fría, al igual que las políticas macroeconómicas del libre mercado (entiéndanse estas como “las de la ley de la selva, donde gana siempre el más fuerte”) dejaron de una vez por toda al continente africano invisivilizado en su realidad y sumido en la más absoluta pobreza y desigualdad.

Dentro de este contexto histórico, a principios del siglo XX, surgen masivamente las denominadas “industrias culturales”, llamadas así por la característica general de reproducir “arte para la comercialización” y “cultura de mercado”. Para muchos teóricos críticos del régimen imperial estadounidense estas formas de “industria” son una forma de “colonización ideológica” que busca homogeneizar y suprimir las identidades culturales particulares de las personas. (Y es que su alcance es mundial y económicamente avasallador).

Con el surgimiento de las industrias culturales, y en especial de las que mueven capitales estadounidenses también surge una no nueva pero si mayor, colonización ideológica; se busca por medio de las representaciones en apariencia artísticas y de entretención, reproducir los códigos culturales del imperio. Entre estas industrias se cuentan: la industria fonográfica y los grandes monopolios de disqueras: música preferentemente en inglés y de muy poca dificultad técnica y ejecución, la industria editorial: los “best seller” de la “literatura”, la prensa diaria, radiodifusiva, de videojuegos y finalmente, la que será objeto de nuestro análisis: la industria cinematográfica.

Como cualquier industria y empresa, ha de imaginarse, que las industrias cinematográficas mueven grandes sumas de capital año tras año. El éxito de las producciones está dado por el grado de “taquilla” que alcancen, asimismo por lo fastuoso de sus recaudaciones y producción. Es así como, desde España, se nos entregan los datos que reflejan la reveladora desigualdad de flujos de producciones y divisas, entre el imperio estadounidense y “el resto del mundo”. Es en este contexto que el análisis de los flujos de capitales, versus contenidos, el origen de estos y su predominancia dentro de nuestros mercados cobra sentido: ¿Qué es lo que más ven los y las latinoamericanas? ¿Cuánto dinero y entradas de cine se venden de nuestras propias producciones, en comparación con las estadounidenses?.


1.El imperialismo como práctica cultural

Este concepto, el de “imperialismo cultural” ha sido esbozado por numerosos autores provenientes de corrientes críticas. Así, polisémicamente, es como lo define Robert Austin: “imperialismo cultural, es el ejercicio de la hegemonía por parte de las sociedades de dominación- a través de un proceso consciente de manipulación, tergiversación, subestimación, destrucción y suplantación del sistema de valores que es patrimonio de sociedades dominadas”[1]. Lo relativo a “dominante” y “dominado” se refiere al hecho de que, como regla, los representantes del poder de sociedades económicamente desarrolladas, imponen políticamente su dominio en todas las esferas de la vida por medio del ejercicio de ese poder- sobre aquellas sociedades que resultan dominadas por carecer de fuerzas que emanan del desarrollo económico- de la posibilidad de sustraerse de esa dominación.

Al igual que en la producción de numerosos teóricos que han estudiado el tema del imperialismo cultural, encontramos la definición de Pierre Bordieu y Loïc Wacquant: “el poder de universalizar los particularismos vinculados a una tradición histórica singular haciendo que resulten irreconocibles como tales particularismos”[2]. Así vemos, como en la opinión de Bordieu es posible y es real, el que la cultura del imperio penetre en la nuestra sin que nos demos cuenta, que la concepcionemos hasta no ver ni diferenciar cuáles aspectos particulares nos pertenecen, y cuales, hemos asimilado.
Este problema, el del imperialismo cultural estadounidense, comenzó a ser teorizado mucho antes, durante la época de los setenta y gran parte de los ochenta (cfr. Beltrán y Fox 1980; Beltrán 1978; Reyes Matta 1980; Mattelart 1984; Hamelink 1981). Luego de la segunda guerra mundial, se desarrolló la industria de Disney y con ella se le incorporó al inconsciente colectivo mundial numerosos conceptos y figuras desde la etapa en la que nos encontramos, los seres humanos, más vulnerables a las influencias culturales externas, es decir, desde nuestra infancia. Es así como la industria cultural logró su pleno desarrollo: ejerciendo prácticas imperiales incorporando elementos comunes a la cultura estadounidense a nuestras sociedades, desde la forma de vida, la que nos ha sido modificada radicalmente: la cadena McDonalds es una muestra de ello (suele mencionarse a los países que no cuentan a la renombrada transnacional como excepciones a la regla), la que vino a modificar una de las prácticas que dentro de cada sociedad son representativas de su cultura: la forma y el tiempo que se destina a la comida, el espacio que dentro de ciertas religiones es sagrado se vulgarizó, se hizo rápido y descuidado, se acomodó al ritmo de vida de las sociedades capitalistas y los estados permitieron el desarrollo de este proceso sin pensar en los nocivos efectos que tendría más tarde en la calidad de vida y la salud de las personas.

1.1 Globalización, ¿Americanización? Disneyzación de la cultura.

La globalización es el resultado de la conjunción de los avances tecnológicos a los que ha llegado la humanidad (Televisión, telefonía e internet: telecomunicaciones) y por sobretodo una fase de la evolución del sistema capitalista, en la que nos encontramos. Pero las representaciones culturales que nos abundan provienen en su gran mayoría desde Estados Unidos. Y muchas veces, son grandes conglomerados empresariales estadounidenses los que manejan el monopolizado mercado de las telecomunicaciones, recurriendo a los viciados argumentos de defensa del sistema capitalista, arguyendo las bondades del sistema de la libre competencia, contradiciéndose constantemente, ya que es considerado uno de los argumentos a favor de la diversidad de medios e industrias, la aparente diversidad e interconexión entre los países del mundo, argumentos que desde las teorías de la comunicación críticas del sistema, se encuentran totalmente desvalidados, es que viene a cobrar sentido la protesta a la invasión de la industria de Disney que siguió a la Segunda Guerra Mundial, como una forma de transmitir las ideologías que contribuyen a la continuación y perpetuación del sistema capitalista.

Disney, conforma parte integral de lo que ha sido denominado como “Cultura de Alienación Universal” (CAU), concepto creado por Jon Juanma Illescas Martínez como: “la superestructura cultural del capitalismo en su actual fase neoliberal, fomentada por las élites del poder burgués (oligarquía de facto o ultracapitalistas) conjuntamente con técnicos mercenarios que trabajan para ellas en diversos think tanks para dominar a las clases populares y mantener así el yugo capitalista sobre la humanidad en su beneficio. Esta definición, obedece a las interpretaciones que se desprenden de un análisis político-cultural del estado de la cuestión en lo que respecta a las industrias culturales estadounidenses, en donde podemos apreciar desde el alcance que nos permiten las estadísticas del “European Audiovisual Observatory” el año 2002, donde hasta el año 2000, las ventas de películas cinematográficas de Estados Unidos en Europa en cuanto a las recaudaciones en miles de millones de dólares, eran más de 10 veces las de Europa en Estados Unidos[3], es decir, la industria cinematográfica estadounidense vendió en el año 2000 diez veces la cantidad, que un continente completo vendió en su propio país, puede desprenderse de este análisis que el mercado estadounidense se encuentra cerrado a alternativas provenientes del exterior, mientras que exporta diez veces lo que importa desde y hacia un mismo continente. En el caso de América Latina, la cantidad de films producidos es aún menor, por lo que puede inferirse que la participación, a nivel del mercado estadounidense es escasa y porqué no decir; nula.

Esta desigualdad reproduce los códigos imperiales mayormente que los propios dentro de cualquier cultura en la que se encuentre contextualizado este hecho. La denominación de “Records de taquilla” a los que suele atribuirle la supremacía del cine estadounidense por sobre a las producciones locales de cualquier país en el que esté introducida su industria no es mas que una forma de medición y enmascaramiento de lo que pretende imponérsenos como significado de desarrollo como uno de “desarrollo económico”, cuando los beneficios de esta suerte de desarrollo no los percibimos localmente y las divisas que se obtienen por la irrupción de las producciones en estos records también las perciben únicamente los dueños de las industrias, en el caso de Disney, el juego de muchos y muchas de nuestras niñas del mundo desde hace décadas, está Walt Disney Company, una de las diez megacorporaciones que: “poseen o controlan los grandes medios de información de Estados Unidos: prensa, radio, televisión, salas de teatro, internet, parques tipo Disneyworld, y no solo en el país del norte sino en Latinoamérica y en el resto del mundo”[4].

Ahora la pregunta es: ¿Qué representa a nuestra cultura y producción cultural, sino lo que se edita y publica en libros o revistas, lo que se da en nuestras salas de cine, transmite en nuestros canales de TV o comen habitualmente las personas? ¿Pueden supeditarse nuestras prácticas culturales a las de las que nos llegan por parte de las producciones cinematográficas estadounidense? ¿Modifica esto nuestra cultura cuando hay muchos símbolos creados a partir de estas industrias y su iconografía?
La respuesta está a la vista: no hay niño que no haya crecido al alero de la imagen del ratón “Mickey” y la ratona “Minnie”. Respuestas como estas, son las que podemos encontrar en un estudio de los investigadores Bridget Thornton, Brit Walters y Lori Rouse, en un proyecto censurado de la Universidad Sonoma State de California, citado recientemente por el periodista y analista de medios Ernesto Carmona y difundido por internet[5].


1.2 La importancia de la industria cinematográfica como representante de la realidad de los pueblos.

Constantemente, vemos como la televisión, los noticieros, la literatura, radio y periódicos, reconstruyen y representan la realidad a partir de las informaciones que difunden y de sus contenidos. Asimismo ocurre en el caso del cine, el que aún más que estos últimos medios nos serviría, bajo otro contexto, para contarnos nuestra historia entre pueblos y naciones, para aprender y conocer las realidades los unos de los otros; pero no es un fenómeno cierto, la producción y difusión cinematográfica están marcadas fuertemente por el colonialismo imperial cultural estadounidense, el que domina los mercados internacionales.
La producción intelectual y artística, históricamente, ha sido el reflejo y resultado de las problemáticas sociales existentes en el contexto histórico de las sociedades en que estas han estado insertas. Pero con el nacimiento de las industrias culturales se ha hecho mucho más fácil develar los contextos sociopolíticos que han estado tras las producciones y su influencia, a pesar de que la Revolución Industrial cambió nuestra tipografía a una que coincidía con el modelo de ahorro de la imprenta y la modernización de todos los aspectos de la cultura de masas (las letras con círculos y líneas rectas simbolizan a las máquinas y su irrupción), y la fotografía vino a liberar a la pintura de los tediosos retratos y a la representación de la realidad para pasar a su interpretación, existieron también los artistas que no sirvieron, y que no sirven, a la producción a escala de su arte, y los que facilitaron y contribuyeron a mercantilizar y matar a su disciplina y continuaron variando producción artística a los factores del mercado dejando de reflejar y de denunciar los aspectos más sórdidos de la realidad humana. Pero la cinematografía nace en un momento histórico en que los nacionalismos y la carrera armamentista europea avanzaban sin tregua hacia la guerra, considerando esto como algo previamente establecido, asimismo como las industrias culturales ya se encontraban concebidas bajo el sistema capitalista como tales. En ese momento, el de la irrupción de estas industrias al servicio de la propagación de la ideología y exaltación nacionalista constituye la inauguración de las teorías de la propaganda que consideramos como “brillantes” hasta el día de hoy: Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler aún continúa vivo en las escuelas contemporáneas de la propaganda y es considerado como el mentor de esta.

Tuvo y tiene, la industria cinematográfica, mucho que ver con las intenciones políticas de quienes la financien, aunque esta sea una realidad muy invisibilizada, así como se encuentran invisibilizadas también en las producciones estadounidenses las atroces realidades del mundo.

2. Importancia del cine como medio de difusión cultural e histórica.

El cine es el mejor medio por el cual se puede representar la cotidianeidad. Así es como vemos que a lo largo de la historia del siglo XX muchas de las diversas realidades que han sido posibles de reflejar, han quedado plasmadas, antes en las cintas, ahora en los formatos electrónicos de avanzada, y también han quedado los proyectos políticos, y continúan quedando. Lo peligroso del imperialismo cultural estadounidense para nuestras culturas es a la homogeneización que tiende a imponernos el monopolio. Estas gigantescas compañías, son manejadas por el poder político estadounidense y el proyecto que existió, en un comienzo tras su financiamiento, es el de llevar la cultura e idiosincrasia estadounidenses a cada lugar de la esfera, que sus representaciones y códigos culturales penetraran en las culturas populares de todo el mundo, y obviamente persiguiendo el objetivo de colonizar, ideológicamente, al planeta. Es decir, al cine se le ha atribuido no poca importancia ni consideración desde el poder político: (acerca de la hegemonía planetaria de la industria audiovisual estadounidense)
“…no es producto ni de ‘fuerzas de mercado’ que obran de manera milagrosa a favor de Hollywood y sus oligopolios, ni de un ‘destino manifiesto’ asignado a Estados Unidos por alguna deidad. Más bien, se trata de un proceso histórico complejo, en el que contribuyen numerosos factores, entre ellos una participación activa del Estado norteamericano en diversas coyunturas, además de un “proteccionismo no gubernamental”, que ha constituido una estructura de mercado altamente concentrada, entre otros factores[6].



3. El proyecto político imperial estadounidense tras la invasión
La destrucción de la cultura de los pueblos que se conquistan es un procedimiento usual de los imperios, desde la más remota antigüedad, hasta los días que corren. Téngase presente, a modo de ejemplo revelador, la deliberada destrucción de las obras, libros, archivos y demás bienes del acervo cultural de Irak a manos de los angloamericanos, tal como lo hicieron, en su momento, los mongoles. La escala de destrucción cultural abarca desde la asimilación y deformación de valores y costumbres –procedimiento habitual de los romanos- hasta la aniquilación física del patrimonio. Así procedieron los españoles con las culturas primigenias de América, los franceses e ingleses en África y el Oriente, y también el protoimperio nazi. Bajo estas denominaciones es que las industrias culturales vienen a perpetuar e integrarse silenciosamente en nuestras sociedades del tercer mundo.

La pésima opinión que tienen muchos latinoamericanos sobre sus propios países, culturas y valores suele provenir directamente de los estereotipos divulgados sin escrúpulos por los desmedidos productos anglosajones de información y entretenimiento masivo, desde los noticieros de CNN hasta las comedias del canal Sony, pasando por casi todo el cine de Hollywood y particularmente Disney, industria que ha sido objeto de numerosos análisis críticos que ven en ella una herramienta de colonización más prematura, que pretende modificarnos nuestras estructuras desde la infancia.

La modificación de las culturas de las colonias, como la historia nos permite deducir, ha sido una de las políticas imperiales por excelencia y en este caso particular, los colonizadores se han hecho de conceptos como “globalización” y “librecompetencia” para enmascarar a su sistema económico neoliberal, que no hace otra cosa más que acrecentar las brechas económicas entre las clases sociales de nuestras sociedades tercermundistas y homogeneizar nuestras culturas.

Dentro de este contexto, es preciso señalar un acercamiento reciente que relaciona la invasión a Irak el año 2003 por parte de Estados Unidos con el imperialismo cultural que propugna.

“La invasión a Irak ilustra la nueva manera de ejercer el poder imperial por parte de Estados Unidos en esta etapa: asume para sí, como misión sagrada, propagar la civilización occidental, entendida fundamentalmente como la implantación de la economía de mercado sobre poblaciones reticentes o consideradas no capaces de implementarla por si mismas” [7]
“Neoimperialismo” por Ignacio Ramonet


CONCLUSIONES

El imperialismo cultural estadounidense es una práctica que se desprende de su proyecto político el que busca homogeneizar a las culturas que interviene (en los cinco continentes, en todo aquél país que esto sea posible), con la clara intención de colonizar todos los aspectos de nuestra vida y llenarnos de representaciones que nos modifiquen más allá de nuestro funcionamiento económico sino culturalmente como sociedades, el adquirir y concepcionar bajo nuestras propias culturas las representaciones de la potencia imperial nos suprime la identidad cultural, imposibilita el conocimiento de las realidades de siquiera nuestros pueblos vecinos, imposibilita la interculturalidad e invisibiliza hasta nuestras realidades más cercanas.

Todos los aspectos de nuestras vidas se encuentran supeditados a los que nos han impuesto desde el norte: desde nuestra forma de vestir, hasta la de comer y hablar, así como también se han introducido mediante las producciones de estas industrias, en nuestro inconsciente colectivo un sinnúmero de imágenes estereotipadas de nuestros mismos semejantes.

El acto de ir al cine, dentro de nuestra cultura occidental, es prácticamente un acto ritual, le atribuimos renombrada importancia y lo que más nos es posible ver en los cines locales es cine Hollywoodense. Contar con estadísticas que nos digan cuántas personas visitan las salas nacionales a ver una película chilena no es posible, sin embargo podemos hacer alusión a la producción de largometrajes: desde el año 2001 al 2003 en Chile; se produjeron tan solo siete largometrajes al año, de los cuales, no más de uno o dos fueron considerados dentro de la macro difusión de espectáculos a nivel de la prensa local. Esto nos permite deducir el escaso apoyo con que cuentan nuestras productoras locales y lo que reproduce: la pérdida de nuestra identidad cultural particular y adaptación al modelo económico y cultural neoliberal.











BIBLIOGRAFIA Y CITAS

BOLAÑO César, MASTRINI Guillermo y SIERRA Francisco (2005). “Economía política, comunicación y conocimiento. Una perspectiva latinoamericana”. Argentina. La Crujía, ediciones.
AUSTIN Robert (editor) (1993). “Serie: Historia y Cultura de nuestra América, I Imperialismo Cultural en América Latina, Historiografía y Praxis”. Santiago. Fondo de Cultura Económica.
CHOMSKY Noam y RAMONET Ignacio. “Cómo nos venden la moto”. Barcelona, Icaria, 2001.
RAMONET Ignacio”Neoimperialismo” en “Los Dueños del Mundo”. Selección de artículos de “Le Monde Diplomatique”. Santiago de Chile. Aún creemos en los sueños. 2003.

Referencias electrónicas:

LUETICH Andrés Filósofo (2007). “¿Cómo hacer una monografía?” sitio: http://www.luventicus.org/articulos/02A014/redaccion.html 02/12/2007

BOLAÑO César. “Economía política, Globalización y Comunicación” Nueva Sociedad Nro. 140 Noviembre – Diciembre 1995, pp. p138-153 .http://www.nuso.org/upload/articulos/2459_1.pdf 02/12/2007

FRABETTI Carlo. “El cine como instrumento de colonización cultural: Disney, el western y el musical”. Ponencia presentada en el V Congreso Internacional “Cultura y Desarrollo” de La Habana. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=53684

[1] Austin, Robert (editor). Serie: “Historia y cultura de nuestra América” I, “Imperialismo cultural en América Latina, Historiografía y Praxis”. Ediciones CELA, Santiago de Chile, 1992.
[2] Bordieu Pierre, Wacquant Loïc. “Las argucias de la razón imperialista”. www.ojosdepapel.com leído el 2/12/07
[3] “The imbalance of trade in films and televisión programs between North America and Europe continues to deteriorate”, Estrasburgo, 9 de Abril 2002, Boletín de Prensa, bajado de http://www.obs.coe.int, el 01/12/2007
[4] “DISNEY ES SOCIALISMO O LA CULTURA EN PDVSA”, Alejandro Ruíz, publicado en: www.tribuna-popular.org, leído el 05/12/07
[5] Ibídem cita 4.
[6] Sánchez Ruiz, Enrique E. (2003), Hollywood y su hegemonía planetaria: una aproximación histórico –estructural. Guadalajara: Universidad de Guadalajara (La Colección de Babel, Num. 28), Pág 7.
[7] Ramonet Ignacio. “Neoimperialismo”. Selección de artículos de “Le Monde Diplomatique”: “Los Dueños del Mundo”. Aún creemos en los sueños. Santiago de Chile, 2003.

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